sábado, 24 de agosto de 2013

Cómo llamar a un tigre (Reynaldo Jiménez)

                                                                               

Franz Marc - 1912

                                                                                 Tigre, tigre que relumbras
                                                                                 en lo oscuro de la noche
                                                                                 ¿qué mano inmortal qué ojo
                                                                                  forjó tu aterradora simetría?

                                                                                                                    William Blake


El Tigre atrae la suerte de mi ensueño. Fuente la más última, surte un efecto de quimera infantil por su quemante desmemoria. Pero nítidamente lo recuerdo, o tal vez todavía lo presencio: sus ocelos son islas de infinito lodo que se deshace ante el propio perplejo al tiempo que oscila, lleno de árboles.


Es femenino pero no es ella, es masculino pero no es él. Nada de esfinge. Es una gota por la que cruza el arcoiris, el Tigre. ¿Hasta cuándo no sucumbir de una vez y para siempre ante el destello sin porvenir de su zarpazo? Entraña el fuego, pero al correr tras su presa levita sobre las aguas, disuelve la gravedad, come también de su movimiento.




Tiene riberas en las que se acuestan raíces de grey inestable, cadenciosos enlaces y desenlaces estelares.


En la piel del Tigre acontece lo mismo que en su entraña.


Uno será pulga eterna para su lomo de luz de Bengala. Absoluta benevolencia la del ecuánime: agudo y grave, podría arrancarme de un soplo sin chistar siquiera de mí mismo. Tanto como del charco irisado un zancudo hembra despega su desliz.




En las tripas del Tigre mora mi tribu.


El hálito del Tigre abarca muchas aldeas, a veces caseríos, maquetas fantasmas, letreros que portan ideogramas de corrientes de aire, casas flotantes, buques areneros que se detienen en la noche cultivando una pequeña huerta de luces. Pero en las flechas de agua pasa ardiendo la calma del Tigre.




No se cuenta entre los números ni se discierne al contrastarse las letras. No conoce la risa ni frecuenta forma alguna de cansancio. Detrás de la máscara hiriente, la máscara de fuerza, el Tigre sabe bien que no ha nacido.


Su aura dispersa esquirlas de lo inmóvil.

¿Nacerá alguna vez el Tigre?
Remolinos del Ocelado
muerden como ojos.


Si se sacude, puede sentírselo recorrido por súbitos estreme-cimientos venados.


Encendido como un radar de ameba enmascara al dios en sus párpados múltiples.



Nunca coincide con su jaula.


No lo conozco despierto o dormido, vigilante y de pie o entregado a esa laguna en la que sueña conmigo.


Nadie me conoce y yo no conozco a nadie. Trepo por el lomo del Tigre, aunque nunca sé cuándo. No sé por qué, pero cada vez que lo miro ya me he vuelto implicíto suyo.




El Tigre me ha devorado —no una: mil veces. Ondula pero no cuando el ojo se lo exige; jamás satisface una curiosidad. Jamás espejea y sin embargo me ha cautivado desde que, al darme la noticia de mi muerte, me eligió como su excéntrica mascota.


A veces me saca a pasear por las avenidas de agua, o me vende al mejor postor de entre todas las apuestas del hervidero. Me sumerge en el barro y me empapa de polen, me incuba y me desteta a la vez; yo soy su recién nacido.



¿Adónde estará ahora la muerte —ahora que la muerte ha sabido del Tigre? Quisiera, como el Tigre, aprender a flotar en la revuelta sin rostro de su ceguera piadosa.


Al quedarse sin sombra, el Tigre se parió a sí mismo. De su hálito manaron las cacerías o la búsqueda de la perpetuidad en la saciedad— y las pinturas —o la práctica del hambre de la mano.


Al desmoronar toda sombra, toqué la soledad incólume del Tigre.


Es tan claro el Tigre que su seno alberga al noctívago destino. Sus largos filamentos alumbran la presencia consumada en recorrerlos, como a pasadizos finísimos hacia el fermento que renace. Y tan oscuro, sin embargo.


Al interior del Tigre, afloran con docilidad tanto la gran laguna que precede al nacimiento cuanto la transmáscara, reflejojaguar de lo intacto que ahora viene.


Le doy la forma pero no la pierdo. Sólo el Tigre brilla de verdad; sólo él disipa el sobresalto de la felicidad o el candado de la pena.




Se hace intratable al retratarlo. Me lo advierte, y suelto la esfera de cristal que cae hacia arriba. Esto lo sé porque al mostrarme el filo directo de su fuerza, también ha suspirado.


Caigo todavía en el esófago del Tigre. Hablo todavía desde la cámara oculta de su corazón. Sueño que me envuelve con sus cambiantes brazos, brazos de un Shiva pulpo multiplicador.




Cuando dejo de hablar en sueños, estoy en el Tigre.

Cuando dejo de soñar, estoy en el Tigre.

Cuando hablo con los muertos estoy en el Tigre.

Cuando tengo que correr (y en mi mayor velocidad se explicita mi exacta pesantez) para no quedar capturado.
Cuando los árboles de la luna navegan mi pecho.
Cuando me olvido, cuando me he sentado a masticar un icono.
Cuando, rendido, no me disuelvo, soy el Tigre.

Cuando mascullo y agito la bruma, soy el Tigre.

Pero no es verdad: nunca estoy en el Tigre ni puedo ser el Tigre.

No tengo manera de estar en el Tigre que soy.

No tengo Tigre en la mano.

No cuajo Tigre en la pregunta.

No cuento Tigres para dormir o para despertar.





Si construyo un ornamento, se descascara con una sola de sus voces.


Me ato al mástil pero el Tigre no aparece.


El Tigre no tiene aspecto de Tigre, ni un aspecto en absoluto. El Tigre se parece a lo que no encuentra adónde reflejarse.




Si me dibujo en el ensueño es porque el Tigre se tiende orilla sobre mí.


Soy su colmillo y su presagio, me digo, de pronto a medias en la cama revuelta como un estanque que en su no estar alterado se presiente: soy su invitado y su festín.


El Tigre no se apiada, en fin, porque posea alguna clase de piedad, ni porque consienta al capricho de inmortalidad momentánea que nos asiste. No sabe de intenciones y por eso te vomita desde el nombre hasta más verte en tu propia pupila.




Cuando el Tigre me acompaña, sé bien que estoy solo.





Si no es alguien, el Tigre tampoco nadie. No responde a torpe inquisición o a sutil destreza. No se pone el ropaje lenguaje; no se mueve ni está quieto.


Yo tripa del tigre, viaje agente de la víbora de río allende la luz oblicua.


Hay algo en el Tigre que hace pasar a través de los poros de uno mismo.


De la paciencia del Tigre,
la fulminante calma
del trueno.




Tanta hambre el Tigre tenía

que su sombra mordía.  





La soga del hambre

el tigre mordió.

Salió hacia dentro,

preñó la sombra

y de mi tiempo

me sacó.

Fue por eso

sin embargo

que la espuma

de los ojos

de sus mapas

ondulantes

al poco tiempo

a luz me dio.





Hambre de soga,

mediando el Tigre,

no sé morder.





La música del Tigre, a pesar de lo dicho, es una impostura, una trampa para cazadores de Tigres. Quien dice amar a su Tigre quiere sujetarlo con la artimaña o artero arte de darle triple alimento: la evasión de la necesidad, el consuelo a la intemperie, la almohada que pesa más que cualquier piedra del fondo.


¿Pero quién podría jurar que ha llegado lejos en su intento de fijarlo mediante la rendición de un tributo? ¿Cómo escindir al Tigre? Y, además, ¿qué piel tocar que no derive hacia el Tigre?




Cuando está el Tigre, me acurruco en su manto.


Peregrinos lo tachan con guirnaldas, adoran su excremento, fotografían sus palabras —la santidad del Tigre no se confirma sino en su móvil evaporado.




No representa el Tigre al Tigre. No actúa el Tigre la acción del Tigre.


Y también peregrino, cazador de adioses igual que tú, sé todo esto acerca de la abundancia del Tigre porque hemos cruzado nuestros sueños y se han rozado mi temblor y su caricia.


Pero el Tigre carece de destino. Su rugido que toma la muerte no difere en realidad del abstraído rumor de su metamorfosis.


Hablo del Tigre cuando podría sumergirme en él o en ello.




Digo cosas que al Tigre no le importan porque lo decible no le concierne. Porque no hay cómo hablar del Tigre sin traicionar su ofrenda.




Se da el Tigre cuando la música cesa.


Si en el corazón hay un intruso, es el Tigre que ha vuelto. ¿No seré el intruso de mi centro?, me digo. Entonces abro; dejo que el Tigre trague la vía láctea que conduce a mi sombra.


Cambia, el Tigre, de postura de semilla a lemniscata de eco que se contenta con circular.


Mi piel es el Tigre al que no doy alcance.




El Tigre por dentro está salido.

                                               [Reynaldo Jiménez (Lima, Perú,1959-)]

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